El abuelo era una persona que se había formado solo. Su padre fue un bohemio romántico que partió a Vietnam para hacer fortuna, con su esposa y dos hijos chicos. De manera no muy romántica, la madre había tenido que regresar con los dos bebés a Marsella. Menos romántico aún, había tenido que colocarlos después en un orfanato, a pesar de que los niños todavía tenían a sus dos padres en vida.
El abuelo había pasado su vida con una furia inmensa debido a esta injusticia. Sin embargo, en lugar de que esto terminara con su vida hizo de ella algo creativo. Se dedicó a sus hijos y los siguió en los estudios y en las actividades extra curriculares. Los acompañaba al fútbol, al judo, a la natación. Les enseñó cómo distinguir los peces que había que comprar de los que no en el Puerto Viejo de Marsella, donde los pescadores aún hoy día llegan todas las mañanas con su carga fresca de pescado que muestran como trofeos saltarines en los diferentes estantes frente al mar. Les enseñó a comer ostras (crudas por supuesto) con vinagre o con limón, dependiendo del gusto de cada uno. Trabajaba para el ferrocarril francés y era ingeniero electricista. Durante los fines de semana trabajaba haciendo instalaciones eléctricas en las casas para poder ahorrar dinero y llevar a sus hijos a los Alpes para que aprendieran a esquiar.
Su madre no le había dejado muchas cosas. Pero le dejó un pedazo de tierra en un pueblito pintoresco en las montañas de la Sainte Baume, un lugar de peregrinaje y meditación donde cuenta la leyenda que María Magdalena llegó a Marsella en una barca para luego refugiarse en una gruta a 800 metros sobre el nivel del mar. El camino hacia la gruta fue llamado el camino de los reyes porque todos los reyes de Francia lo emprendían—pasa por un maravilloso bosque, uno de los pocos bosques primarios que quedan en Provenza.
El abuelo se puso a construir su casa de la nada. Construyó una piscina porque la abuela se quejaba mucho del calor durante el verano. Alumbró el caminito hasta llegar a la casa. Cuando le llevamos un cachorro para que nos lo cuidara, dijo que no era seguro y construyó una muralla de piedra alrededor de todo el terreno, nada chico por cierto. Cuando uno de sus hijos tuvo que regresar, le construyó un piso arriba para que estuviera más cómodo. Para la madre de la abuela había construido un estudio independiente pero que estuviera siempre cerca. Siguió trabajando en el jardín y en la casa incansablemente hasta la edad de 75 años, edad fatídica cuando le diagnosticaron o un pre-Alzheimer o, como dijo el médico, un primo del Alzheimer.
Había comenzado por olvidar palabras simples, palabras de uso diario. En aquella época nos parecía gracioso y era un chiste privado familiar repetir los gestos del abuelo cuando nos decía: “pásame la, la …” y nosotros levantábamos la pimienta y el gritaba NOOOO y luego levantábamos la jarra de agua y el gritaba NOOOO hasta que adivinábamos que era la sal lo que quería. Si hubiésemos sabido que esto era el principio de la tragedia por venir no nos hubiéramos reído ni un segundo.
Cuando lo diagnosticaron, nos dijeron que todavía podía quedarse en casa. Tres años más tarde la abuela se estaba volviendo loca con sus olvidos y sus necedades. Olvidaba la billetera, dejaba el gas prendido, una vez comió la sopa con el tenedor. Dejó de trabajar en su adorada casa. Cuando dejó de ver el sacrosanto match de fútbol de su equipo favorito, el Olympique de Marseille, entonces sí que nos preocupamos. Un día se fue a diseñar rieles en la arena con un palito. Trató de cortar el césped con las tijeras. Era en pleno mes de julio y le dio una insolación. Lo llevaron de urgencia al hospital.
Dicen que el servicio de seguridad social francés es uno de los mejores del mundo. En el muy comentado documental Sicko, Michael Moore no cesa de comparar el superior sistema francés con el de los Estados Unidos. Mi experiencia con el abuelo me hace pensar que si éste es el mejor sistema del mundo, entonces el mundo esta muy, pero muy mal. Sobre todo cuando se trata de las personas mayores, y de lo que será en un futuro una epidemia contra la cual no estamos preparados en lo absoluto: la demencia de las personas mayores, el Alzheimer y sus primos hermanos.
En el hospital, le hicieron exámenes y dictaminaron que ya nunca más podría regresar a su adorada casa en su pintoresco pueblito. Iba a tener que pasar el resto de su vida en un asilo para ancianos especializado para los casos de Alzheimer. Le buscamos una institución lo más cerca posible de su pueblito para que al menos tuviera un paisaje familiar.
El abuelo pasó al hospicio de ancianos y se vio presa de una cólera incontrolable. Cuando el médico entró a su cuarto, perdón, a su fortaleza, le dio un puñetazo y alzando la cama abrió un hueco en la pared. El abuelo entró en guerra. Yo me digo que de alguna manera se dio cuenta que ya nunca más regresaría al pueblito en el cual habían vivido varias generaciones de su familia. Su pesadilla se convirtió en realidad. Dicen que para ir al Walhalla, los vikingos tenían que morir peleando con la espada en la mano. El abuelo se convirtió en vikingo.
Lo trasladaron a una institución psiquiátrica. Allí siguió dando lata. Lo ataron a una camilla y él se rehusó a comer y a tomar agua. Un vikingo prefiere morirse de hambre a estar atado a una camilla. Le dieron un cocktail impresionante de medicinas para sacarlo de su pesadilla de guerra. No pudieron sacarlo de ella. Diez días después, desnutrido, deshidratado y atado a una cama, su cuerpo respondió con una flebitis. Como no tienen ninguna manera de tratar enfermedades otras que las mentales lo trasladaron a otro hospital, a la sección de gerontología. Allí nos dieron más explicaciones. El abuelo seguía en su guerra y mientras estuviera en ella no se le podía visitar.
Al fin nos dejaron verlo. Un mes sin comida y quince días sin agua lo habían finalmente calmado. Suspendieron el cocktail de medicinas que habían utilizado sin éxito alguno para sacarlo de su estado de guerrero. Cuando entramos a su cuarto no lo reconocimos. Salimos y le dijimos al enfermero que se habían equivocado de habitación. Éste no era el abuelo que buscábamos. Desgraciadamente, sí lo era. Cuando preguntamos por qué lo habían dejado morirse de hambre nos contestaron que estaba tan agresivo que de todas maneras se hubiera quitado la sonda. El abuelo ya no podía hablar. Le preguntamos si nos reconocía y nos hizo señas con la cabeza de que sí. Sonrió y después trató de llorar pero el agua de su cuerpo ya no le alcanzaba para las lágrimas. Le dijimos al médico que le tenía que poner una sonda para alimentarlo. Pero ya era demasiado tarde. Incluso sin fuerzas trató de quitársela. La segunda vez se dejó, pero ayer murió, exhausto, de un ataque al corazón.
El médico nos dijo que no lo habían podido sacar de su pesadilla, y que no existían medicinas para curar al Alzheimer. Se quejó del desmantelamiento de la seguridad social en Francia. Es una sociedad donde los viejos cuestan demasiado caro. Y los viejos que se salen de la norma como el abuelo aún más. Es curioso que ese año el Alzheimer fuera una prioridad nacional. Los guerreros vikingos seguramente morían demasiado jóvenes para enfrentar este tipo de problemas. Es evidentemente una problemática de nuestra era ante la cual no estamos preparados.
Uno de sus hijos lo vio en la morgue. Se veía con el rostro descansado y en paz. Supongo que ahora estará en el Walhalla.

Paz – Texte / Text / Texto
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